LA REVOLUCIÓN HÚNGARA DE 1956

La revolución obrera contra la burocracia estalinista que predijo Trotsky

Por Benito Toribio Morales

El 23 de octubre los revolucionarios conmemoramos el 65º aniversario de la Revolución húngara de 1956. En cambio, otros la seguirán desprestigiando. Tanto la derecha y la burguesía imperialista como la izquierda del sistema, sobre todo el estalinismo, mentirán diciendo que fue una revolución contra el comunismo y a favor del capitalismo. Se ha querido ocultar el carácter obrero de la Revolución política húngara, expresado en el nacimiento de los órganos revolucionarios, los Consejos obreros que pusieron a los obreros en el centro de los acontecimientos y aterrorizaron a la burocracia estalinista. 

No solamente ha sido calumniada esta gran revolución durante décadas por el estalinismo, que dice que fue una revolución anticomunista, sino que, además, los renegados del trotskismo liderados por Michel Pablo, que habían roto en 1953 la IV Internacional para posteriormente reunificarse y  formar junto a otros el Secretariado Unificado en 1963, no apoyaron esta revolución porque, según ellos, se podría hacer el juego al imperialismo estadounidense y ponía en peligro al poder estalinista, que ellos consideraban progresivo. Lo cierto es que los obreros húngaros emprendieron una lucha contra el imperialismo y el estalinismo a favor de la democracia obrera en lo que fue la primera de las varias revoluciones políticas en los estados obreros degenerados o deformados. 

La Huelga general fue la respuesta húngara a la invasión de los tanques del Kremlin. En 1956, la gran mayoría de los húngaros no cuestionaban el socialismo, todo lo contrario. No querían un “socialismo” mermado por el control totalitario de la casta burocrática estalinista. Creían en un socialismo completo, es decir sin opresión nacional y con democracia obrera. 

Pero esta reacción de los obreros húngaros no pudo encontrar respuesta en el proletariado internacional porque hubo un cerco a la revolución húngara que quedó aislada de la clase obrera del resto del mundo por culpa de estalinistas y renegados del trotskismo.Todos defendieron al estalinismo que recibía, además el apoyo del imperialismo estadounidense que, en palabras de su secretario de estado de EEUU, John Foster Dulles, se comprometía a no intervenir en asuntos de Europa del Este porque Hungría era considerada “como un asunto interno de la URSS y no consideramos a estas naciones posibles aliados militares”. Fue la consecuencia de la coexistencia pacífica entre el estalinismo y el imperialismo derivada de los acuerdos contrarrevolucionarios de Yalta y Potsdam que fueron un pacto de contención de la revolución mundial entre la burocracia estalinista y el imperialismo para, por un lado, frenar la revolución en la Europa occidental de posguerra (en Grecia, Francia, Italia…) y, por otro, para mantener un férreo control burocrático y contrarrevolucionario sobre las masas de los países del Este de Europa que ocupaba la burocracia estalinista con el Ejército rojo – incluyendo el aplastamiento a sangre y fuego de los procesos de revolución política como el levantamiento de los obreros de Berlín oriental en 1953, la Revolución húngara de 1956, y luego la Primavera de Praga en 1968. La clase obrera revolucionaria aterrorizó a esta burocracia estalinista que temía perder sus privilegios y que tuvo que emplearse a fondo para acabar con dichas revoluciones. 

Por la traición de la izquierda estalinista y ex-trotskista el proletariado mundial no gritó “¡No pasarán los tanques soviéticos!” ni “¡Todos somos obreros húngaros!”. Unir el destino de la revolución política húngara a la revolución social de los trabajadores de Europa occidental era la condición para la revolución europea a ambos lados del Telón de acero. Tras los tanques del Kremlin venía la contrarrevolución, no la revolución de los herederos de octubre de 1917, la gran mayoría de los cuales ya habían sido asesinada por sicarios estalinistas o fusilados tras los juicios de Moscú. Por culpa de los renegados del trotskismo, la IV internacional como partido mundial no se hizo de masas en la posguerra y no intervino en los procesos de Revolución política ya que Michel Pablo metió a sus seguidores en los partidos estalinistas.

En la revolución política húngara lo determinante fue la clase obrera y su organización que culminaría en su organismo principal, el Consejo Obrero Central del Gran Budapest. La campaña de intoxicación del imperialismo y del estalinismo ocultaba que los obreros luchaban por que las fábricas perteneciesen a los obreros, siendo los consejos obreros elegidos democráticamente los que dirigiesen las empresas. También se oculta que la fuerza pública estuvo organizada por los obreros de las fábricas y sus milicias obreras y que la exigencia de elecciones libres era para que participasen partidos que reconociesen las conquistas socialistas sobre la base de la propiedad colectiva de los medios de producción.

El papel del estalinismo internacional, al que se plegó los ex-trotskistas pablistas-mandelistas fue impedir la extensión de la revolución y atar a la clase obrera internacional a los planes de coexistencia pacífica del imperialismo y la burocracia usurpadora de las conquistas de la revolución de octubre. 

En este texto vamos a tratar las lecciones de esta gran revolución obrera sin olvidarnos de los debates y análisis en torno a los acontecimientos, como el de que, además de evitar el aislamiento como condición para el triunfo, también hubiese sido necesaria la construcción del partido revolucionario para la toma del poder que podía haber llevado a la victoria definitiva a la revolución húngara. Analizaremos también cómo en la revolución húngara los consejos obreros se formaron como intervención independiente de la clase obrera. Pero antes vamos a clarificar qué es una revolución política apoyándonos en los textos de León Trotsky para compararlos luego con los hechos y concluir el acierto en sus predicciones.  

¿Qué es una revolución política según Trotsky?

León Trotsky analizó la burocracia estalinista en su obra “La revolución traicionada” (1936), y definió a la URSS como un Estado obrero degenerado. Trotsky caracterizó su régimen como una dictadura de la burocracia sobre el proletariado, pero basada en las relaciones de propiedad creadas por la revolución. Este régimen fue bonapartista en una sociedad de transición entre capitalismo y socialismo, deteniendo tal transición. En esa obra explicó la necesidad de una nueva revolución, una revolución política, para regenerar la URSS. Trotsky advirtió de que la burocracia estalinista representaba una amenaza atroz para la supervivencia de la URSS ya que los intereses materiales de la burocracia estalinista se oponían irreconciliablemente a los de la clase trabajadora. Y aseguró que no podía ser reformada, sino que había que derrocarla a través de una revolución política. Trotsky elaboró, con asombrosa certeza, su famoso “pronóstico alternativo”: o una revolución política derribaba a la burocracia o la burocracia restauraría el capitalismo. Así lo dice en “El Programa de Transición”: “El régimen de la URSS encarna contradicciones terribles. Pero sigue siendo un Estado obrero degenerado. Este es el diagnóstico social. El pronóstico político tiene un carácter alternativo: o bien la burocracia convirtiéndose cada vez más en el órgano de la burguesía mundial en el Estado obrero, derrocará las nuevas formas de propiedad y volverá a hundir el país en el capitalismo, o bien la clase obrera aplastará a la burocracia y abrirá el camino al socialismo.” (El Programa de Transición. 1938)

En “La revolución traicionada” Trotsky definió que la URSS no era un estado “capitalista” ni tampoco “socialista” sino una transición entre uno y otro, con una contradicción clave entre las bases económico-sociales del estado obrero y la superestructura estatal degenerada por una casta burocrática estalinista. Trotsky definió que, para defender la URSS como estado obrero, la tarea de la clase obrera soviética era realizar una revolución política: es decir derribar el aparato burocrático estalinista y reconstruir los organismos de democracia obrera, pero manteniendo las nuevas bases económico-sociales del estado obrero nacidas de la Revolución de octubre de 1917.

Trotsky teorizó en su Teoría de la Revolución Permanente que hay una sola revolución socialista mundial, que combina tareas distintas para las clases obreras de los países imperialistas, de los países coloniales o semi-coloniales y los de aquellos países donde la burguesía fue expropiada, los estados obreros, pero donde la burocracia estalinista había llevado a cabo una contrarrevolución burocrática, expropiando a los trabajadores la dirección de su propio estado y llevándolo a la degeneración.

Para Trotsky, la revolución que estaba planteada en la URSS (y después de la Segunda Guerra Mundial, también en los nuevos estados obreros deformados) no era una revolución social, sino una revolución política, cuyo objetivo central es derrocar a la burocracia contrarrevolucionaria y transformar a esos estados en estados obreros revolucionarios, pero “sin modificar las bases económicas de la sociedad ni de reemplazar una forma de propiedad por otra”. (La Revolución Traicionada, 1936).

La revolución política es una revolución de la mayoría de los trabajadores y campesinos organizados en soviets, contra la burocracia contrarrevolucionaria para derrocarla y recuperar la dirección de su propio estado que ésta le había expropiado. Así lo definía Trotsky en El Programa de Transición: “La burocracia ha reemplazado a los soviets, como órganos de clase. Es preciso devolver a los soviets no sólo su libre forma democrática, sino también su contenido de clase. Así como en otro tiempo no se permitía a la burguesía y a los kulaks ingresar en los soviets, ahora es necesario expulsar de los soviets a la burocracia y a la nueva aristocracia. En los soviets solo hay sitio para los representantes de los obreros, de los trabajadores de las explotaciones colectivas, de los campesinos, de los soldados del Ejército Rojo”. (El Programa de Transición.1938).

La revolución política necesitaba un programa y una dirección revolucionaria (un partido revolucionario) a su frente que pudiera llevarla al triunfo. Este programa lo desarrolló Trotsky en El Programa de Transición, donde concluía diciendo: “Es imposible realizar este programa sin el derrocamiento de la burocracia, que se mantiene por la violencia y la falsificación. Sólo el levantamiento revolucionario victorioso de las masas oprimidas puede resucitar el régimen soviético y garantizar su ulterior desarrollo hacia el socialismo. No hay sino un partido capaz de conducir a la insurrección a las masas soviéticas: ¡el partido de la Cuarta Internacional! ¡Abajo la banda burocrática de Caín-Stalin! ¡Viva la democracia soviética! ¡Viva la revolución socialista internacional!”. (El Programa de Transición.1938).

Trotsky en “La Revolución Traicionada”, explicó que habría que derrocar a la casta burocrática y restablecer el poder de la democracia obrera con sus soviets (consejos obreros): “No se trata de reemplazar un grupo dirigente por otro, sino de cambiar los métodos mismos de la dirección económica y cultural. La arbitrariedad burocrática deberá ceder su lugar a la democracia soviética. El restablecimiento del derecho de crítica y de una libertad electoral auténtica, son condiciones necesarias para el desarrollo del país. El restablecimiento de la libertad de los partidos soviéticos, y el renacimiento de los sindicatos, están implicados en este proceso. La democracia provocará, en la economía, la revisión radical de los planes en beneficio de los trabajadores. La libre discusión de los problemas económicos disminuirá los gastos generales impuestos por los errores y los zigzags de la burocracia. (…) Las ‘normas burguesas de reparto’ serán reducidas a las proporciones estrictamente exigidas por la necesidad y retrocederán a medida que la riqueza social crezca, ante la igualdad socialista. Los grados serán abolidos inmediatamente, y las condecoraciones devueltas al vestuario. La juventud podrá respirar libremente, criticar, equivocarse, madurar. La ciencia y el arte se sacudirán sus cadenas. La política exterior renovará la tradición del internacionalismo revolucionario.” (“La Revolución Traicionada”, 1936).

Dos años más tarde Trotsky añadía: “La cuestión es cómo zafarnos de la burocracia soviética que oprime y saquea a los obreros y campesinos, conduce las conquistas de octubre a la ruina y es el principal obstáculo en el camino de la revolución internacional. Hace mucho tiempo que hemos llegado a la conclusión que esto sólo se puede lograr mediante el derrocamiento violento de la burocracia, o sea, mediante una nueva revolución política. (…) Pero a fin de conseguirlo, debemos comprender teóricamente, movilizar políticamente y organizar el odio de las masas contra la burocracia como la casta dominante. Auténticos soviets de obreros y campesinos sólo pueden surgir en el curso del levantamiento contra la burocracia. Tales soviets serán incitados a pelear cruelmente contra el aparato policíaco-militar de la burocracia. (…) Los soviets solo pueden surgir en el curso de una lucha decisiva. Serán creados por aquellas capas de los trabajadores que sean arrastradas al movimiento. La importancia de los soviets consiste precisamente en el hecho de que su composición no se determina por criterios formales, sino por la dinámica de la lucha de clases. Ciertas capas de la aristocracia soviética vacilarán entre el campo de los obreros revolucionarios y el campo de la burocracia. El que estas capas entren en los soviets y en qué fase, dependerá del desarrollo general de la lucha y de la actitud que los diferentes grupos de la aristocracia soviética adopten en esta lucha. Aquellos elementos de la burocracia y la aristocracia que, en el curso de la revolución, se pasen al lado de los insurrectos, también encontrarán indudablemente un lugar en los soviets. Pero esta vez no como burócratas y «aristócratas» sino como participantes en el levantamiento contra la burocracia.” (León Trotsky, “Es necesario expulsar de los Soviets a la burocracia y a la aristocracia”, 4 de julio de 1938).

La burocracia estalinista es el principal agente contrarrevolucionario del imperialismo tanto en el interior de los estados obreros como en el conjunto del planeta, que había impedido e impide con su acción el desarrollo de la revolución mundial.  La revolución política, enfrentando a la burocracia y a la aristocracia obrera, era así parte indivisible de la revolución proletaria mundial, porque se inscribía en la lucha por derrotar a las direcciones contrarrevolucionarias del proletariado en todo el mundo, y a la principal de ellas, la burocracia estalinista. Por eso, al mismo tiempo, las grandes luchas de la clase obrera de occidente eran el gran aliado de los trabajadores de los estados obreros en su lucha contra la burocracia.

Tras la II Guerra Mundial: Estados obreros nacidos burocráticamente deformados en la Europa del Este

El régimen de Stalin se consolidó en la URSS en los años 30 gracias a una brutalidad represiva generalizada contra la clase obrera y su vanguardia, asesinando a la vieja guardia del partido bolchevique que había realizado la revolución en 1917. Las nuevas relaciones de propiedad colectiva conquistadas por la Revolución de octubre se demostraron más fuertes frente al imperialismo en la Segunda Guerra Mundial, incluso con la bota de la burocracia sobre ellas, porque la clase obrera defendió heroicamente la propiedad nacionalizada frente a los nazis. Aprovechando el ascenso revolucionario de la clase obrera en Europa occidental en la posguerra, que amedrentó al imperialismo y al capitalismo, y la presencia del Ejército Rojo ocupando en el Este europeo, la burocracia estalinista de la URSS negoció con el imperialismo en los Pactos de Yalta y Postdam el reconocimiento de su predominio sobre los países ocupados del Este europeo. Los acuerdos contrarrevolucionarios de Yalta y Potsdam fueron un pacto de contención de la revolución mundial entre la burocracia estalinista y el imperialismo para, por un lado, frenar la revolución en la Europa occidental de posguerra (en Grecia, Francia, Italia…) y, por otro, para mantener un férreo control burocrático y contrarrevolucionario sobre las masas de los países del Este de Europa que ocupaba la burocracia estalinista con el Ejército rojo – incluyendo, como veremos, el aplastamiento a sangre y fuego de los procesos de revolución política como el levantamiento de los obreros de Berlín oriental en 1953, la Revolución húngara de 1956, y luego la Primavera de Praga en 1968. O sea, la burocracia «pagó» entregando la revolución en occidente, y el estalinismo se transformó desde ese momento en el principal sostén del decaído y semiarruinado régimen capitalista en Europa. Así es como surgieron las «Democracias Populares» en Europa del Este como resultado de esta negociación del estalinismo con el imperialismo, y en ellas los jerarcas del Kremlin colocaron a sus agencias burocráticas nacionales que establecieron regímenes totalitarios sin el más mínimo atisbo de democracia obrera. Los acuerdos secretos de Yalta y Postdam son una prueba irrefutable de la traición histórica de Stalin y la casta burocrática que encabezaba.

Al ser ocupados por el Ejército rojo estos estados sufrieron en primera estancia un proceso de formación de gobiernos de coalición de unidad nacional sostenidos por las tropas de ocupación, con representantes de los partidos de la burguesía nativa junto con los pequeños partidos estalinistas (comunistas) que mantuvieron jurídicamente la propiedad privada. Hubo elecciones-pantomima a nivel estatal, local y regional supervisadas por el ejército ruso ocupante y la policía secreta de Stalin. Al principio estos regímenes tenían una estructura capitalista, estando dotados sus Estados burgueses de características bonapartistas.

En esos años se daba claramente el “chantaje de los ocupantes”, la URSS colocaba a miembros de los partidos estalinistas locales en puestos de importancia en los sindicatos, asociaciones juveniles, culturales y otras instituciones. Para sus socios de los partidos burgueses se les dejaban puestos públicos mientras que los estalinistas aceptaban los puestos clave entre bastidores. Los partidos comunistas de Europa del Este eran claramente los grupos políticos más influyentes de la región, no por su número, sino por sus “asesores” soviéticos en el NKVD y el Ejército Rojo que hicieron un chantajista ejercicio de infiltración en todas las instituciones. 

En todo territorio ocupado por el Ejército Rojo, la URSS siempre establecía una nueva institución cuya forma siempre seguía el patrón estalinista soviético. La estructura de la nueva policía secreta jamás quedó en manos de los políticos locales. Las fuerzas policiales secretas de Europa del Este fueron copias exactas de su progenitora soviética, la NKVD (sucesora de la GPU y precursora de la KGB): Así nacieron las temidas Policía Secreta de Polonia (UrzadBezpieczenstwa, o SB), la Agencia de Seguridad del Estado húngara (Államvédelmi Osztály, o ÁVO), que en 1953 fue rebautizada como Autoridad de Protección del Estado (ÁllamvédelmiHatóság, o ÁVH), el Ministerio para la Seguridad del Estado de Alemania del Este (Ministerium für Steaatssicherheit, o la Stasi) o la  Seguridad Estatal de Checoslovaquia (Státníbezpecnost, o StB). 

La fuerza policial de muchos estados del Este era una estructura fuera de la legalidad, que no estaba controlada por el Ministerio del Interior ni por el gobierno, sino únicamente por el partido estalinista. Es decir, a partir de 1945 la policía política informaba directamente a la cúpula del partido, sin prestar el más mínimo respeto por el gobierno de coalición provisional. La policía política, como órgano independiente, no debía rendir cuentas a nadie salvo a sí misma.

Poco a poco esos países pasaron por una transformación gradual de las relaciones sociales, las cuales estaban siendo realizadas burocráticamente, sin que hubiera una conquista del poder por el proletariado, a través de una integración “fría” de aquellos países en la órbita de la URSS. Se dio una ruptura de esas coaliciones de colaboración de clases y poco a poco ocurrió la expropiación de los capitales nativos e imperialistas transformándose las relaciones sociales de la región de forma burocrático-militar, a través de la ocupación del Ejército Rojo, sin revoluciones. La burocracia estalinista expropió en la posguerra en un contexto de condiciones revolucionarias, con tendencias de auge revolucionario, es decir, la presión de las masas sobre la burocracia jugó un papel importante para que se diera esos procesos de expropiación desde arriba. Esta transformación del Este europeo como fruto de una expansión burocrático-militar de la URSS necesitó expropiar a las burguesías nativas como única forma de contener la revolución en occidente y controlarla en oriente, creando Estados obreros burocráticamente deformados a imagen y semejanza suya con una línea contraria a la expansión internacionalista de la revolución y, claramente, contrarrevolucionaria en el plan internacional de Yalta, de conciliación del estalinismo con la burguesía y el imperialismo.

En los países del Este, el imperialismo, con la bancarrota de Alemania y de toda la Europa imperialista, había perdido todo tipo de control sobre las masas y sobre esos estados. El surgimiento de estados obreros deformados y la necesidad de la burocracia de impedir que las masas se hicieran con el poder de forma directa, fue parte del acuerdo de Yalta, que incluía que el estalinismo garantizaba la sobrevivencia de las potencias imperialistas en Europa y a nivel internacional.

La expropiación en el Este no fue para defender a la URSS del imperialismo, sino que fue parte de un pacto con él para que la burocracia lidiara con las masas. Fue una política de contención para que la revolución no llegue a la Europa imperialista. Es decir, fue una política defensiva del imperialismo para preparar las condiciones ofensivas, como sucedió décadas después, para la restauración capitalista.

Esa fue la división de tareas en Yalta: el imperialismo aceptaba incluso perder tácticamente el Este europeo, antes que perder la Europa imperialista. El imperialismo no tenía fuerzas propias para invadir Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Hungría, los Balcanes, etc. y llegar a las fronteras con la URSS. Al revés, necesitaba al estalinismo para que lo salvase. Para ello, luego fundaron la ONU, donde se incorporaron todos como garantía del Pacto de Yalta.

Se habían establecido regímenes totalitarios de ideología dominante, con un partido único en el poder y una fuerza policial secreta dispuesta a utilizar el terror y el monopolio de la información. El bloque del Este comenzó a imitar la URSS de Stalin con su terror sistemático regido por la policía política, sus purgas masivas, la industrialización acelerada que impuso ritmos de explotación a la clase obrera, la colectivización forzada del campo y el gasto extremo por la militarización de los regímenes de partido único, por lo cual los países del Este tuvieron una falta generalizada de bienes de consumo y malas condiciones generales de vida.

Un bloque del Este tutelado y explotado desde los burócratas estalinistas del Kremlin

Desde su génesis, estos nuevos estados obreros (como la RDA, Hungría, Checoslovaquia, Polonia…) creados “desde arriba”, y sin que hubiera revolución de por medio, compartieron muchas de las características que Trotsky había analizado para la URSS, adoptando, repetimos, un carácter de Estados obreros burocráticos, no socialistas. Los procesos de expropiación de la burguesía se realizaron “desde arriba” en los Estados del Este de Europa, sin participación ni beneficio de la clase obrera. Está claro que en estos países ocupados lo que la burocracia estalinista llevó a cabo fue un proceso de asimilación estructural para constituir una zona de amortiguación frente a las potencias capitalistas occidentales. Así Stalin y su policía secreta emprendieron la conversión de un nuevo bloque político de Estados obreros nacidos burocráticamente deformados, y esto ocurrió en un tiempo sorprendentemente corto. La Europa del Este fue completamente estalinizada. A la cabeza de cada uno de los estados del bloque del Este Stalin colocó a pequeños Stalins, a saber: Walter Ulbrich, en Alemania del este, Mátyás Rákosi, en Hungría, Bolesław Bierut en Polonia, Klement Gottwald, en Checoslovaquia, JosipTito en Yugoslavia, Georgi Dimitrov, en Bulgaria, Gheorghe Gheorghiu-Dej, en Rumanía y Enver Hoxha en Albania.

La burocracia rusa, aunque no era una clase poseedora, y la URSS, aunque no era capitalista, sí fue explotadora de las naciones del Este de Europa y de sus trabajadores. Ya Lenin advirtió, antes de morir, contra las desviaciones de Stalin y la URSS en las relaciones con las nacionalidades que constituyeron la URSS. Más tarde, Trotsky planteó la posibilidad de que la URSS estalinizada se transformase en explotadora de otros países, aunque no bajo una forma imperialista-capitalista.

Por ejemplo, en el caso de Hungría, en concepto de reparaciones tuvo que pagar tras la II Guerra Mundial a la URSS 600 millones de dólares. Además, los húngaros tuvieron que pagar todos los gastos del Ejército Rojo estacionado y en tránsito por Hungría, incluidos los de alimentación y vivienda. La burocracia estalinista de la URSS constituyó en Hungría sociedades mixtas para controlar la producción húngara de petróleo, carbón, y su industria. 

Obviamente, a esta explotación de país ocupante a ocupado se suma otra, la que sufren los trabajadores de todos estos países del Este europeo, como Hungría. Sin ninguna planificación obrera, la burocracia nacional húngara abusaba con ritmos explotadores de producción para la clase obrera autóctona húngara. Por lo tanto, los obreros de la revolución política húngara, que luego trataremos, tenían un doble enemigo, por un lado, la burocracia estalinista invasora que oprimía y, por el otro, la burocracia nacional estalinista puesta desde la URSS que oprimía también. Esta es la razón por la que, al principio, el conjunto de la nación haya intervenido en la lucha contra el opresor extranjero. Pero, lo más importante, es que después quedó como única dirección la clase obrera, que no sólo luchaba contra la explotación nacional, sino también contra la explotación de la burocracia nativa. Como prueba de ello está la conformación de consejos obreros que se coordinaron en el Consejo Obrero Central del Gran Budapest, como trataremos más adelante.

A la explotación nacional y social a la que eran sometidos los trabajadores de la zona de influencia de la burocracia soviética en Europa del Este, se le suma el totalitarismo político y cultural de los regímenes totalitario de esos países. El Estado totalitario que, aunque no liquidó las grandes conquistas económicas de la Revolución de Octubre (como la nacionalización de los medios de producción, el monopolio del comercio exterior, o la planificación total de la economía), liquidó el contenido leninista de dichas conquistas (la libre y democrática intervención de los trabajadores). Por lo tanto, la estructura política de en los países del Este europeo era de un régimen totalitario, sin ninguna democracia obrera, controlado por una burocracia creada y dirigida desde el Kremlin por Stalin.

Estas fueron las razones por las que los obreros del Este se rebelaron contra los tiranos estalinistas usurpadores de las conquistas revolucionarias y tuvieron lugar los procesos de revolución política, que Trotsky nunca llegó a ver y que atravesaron las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Hay un hilo conductor desde Berlín de1953 hasta Polonia en el 1981, pasando por Hungría del 1956 y Checoslovaquia en 1968.

1953-1956: El Estalinismo sin Stalin contra el ímpetu revolucionario. Antecedentes de la Revolución húngara

El punto de partida de todo lo que acontecerá en Hungría a partir del 23 de octubre de 1956 fue la muerte de Stalin, ocurrida el 6 de marzo de 1953. Unos meses más tarde en Berlín, el 17 de junio de 1953, tuvo lugar la primera muestra de descontento. Se dio una insurrección de obreros que se extendió a toda la Alemania del Este (la RDA). Hubo otra revuelta mucho menos conocida en Checoslovaquia, que también fue rápidamente aplastada. Se puede decir que la muerte de Stalin señaló el inicio de la primera etapa del proceso revolucionario de la clase obrera de Europa del Este. La desaparición del Stalin, combinada con los problemas económicos en el bloque soviético, propiciaron un giro de la burocracia para atenuar el descontento, denominado “nuevo curso”, seguido más tarde por la supuesta “desestalinización”. Los líderes de la burocracia soviética, antiguos seguidores a ultranza de Stalin, querían rejuvenecer la fachada del régimen burocrático para garantizar su continuidad en el poder. Con esta táctica fingían por conveniencia responsabilizar al ídolo muerto de todos los problemas que padecían los países del bloque soviético. Pero esto no atenuó el clima de revuelta en todo el bloque del Este, más bien al contrario, fue visto como un signo de debilidad y fue aprovechado por la clase obrera, que ya no soportaba más vivir bajo las botas del estalinismo. 

La huelga insurreccional de Berlín tuvo en mayo de 1953 un precedente en Checoslovaquia, donde empezaron grandes huelgas que tuvieron como foco principal el complejo industrial automovilístico de Skoda en la región de Pilsen. Las movilizaciones de los obreros rápidamente pasaron de la huelga de fábrica a la rebelión política contra los centros del poder políticos. La represión estalinista fue muy fuerte, resultando 200 obreros heridos y más de 2.000 presos políticos.

Lo que pasó en junio de 1953 en Berlín fue una verdadera Huelga insurreccional, se luchaba por cuotas de producción más bajas y por acabar con los altos precios de los alimentos. Los trabajadores de Berlín tomaron las calles en señal de protesta al grito de “¡Berlineses, sumaos! ¡No queremos ser esclavos de nuestro trabajo!”. La respuesta por parte del poder estalinista fue la instauración de la Ley marcial y la salida de los tanques para reprimir. Los obreros se defendieron con piedras, 50 personas murieron ese día. Otros cientos fueron detenidos y 13 fueron condenados y ejecutados, acusados de traición. Se contabilizaron que 500.000 personas en 373 pueblos y ciudades hicieron huelga en unas 600 empresas y que entre 1 y 1,5 millones de personas participaron en manifestaciones de algún tipo. Los obreros incluso incendiaron sedes del partido comunista y varias cárceles. La aparición de tanques soviéticos puso fin a las manifestaciones y a la heroica huelga.

Un mes después, en julio de 1953, las noticas de lo ocurrido en Berlín llegaron a los mismos campos de trabajos forzados de la URSS y tuvo lugar la huelga insurreccional de los detenidos en Vorkuta, centro de detención destino de los trotskistas. La represión costó 110 muertos y 7.000 detenidos. El movimiento se extendió a otros centros de trabajo forzado, como Karaganda y Norilsk en 1953 y Kinguin en 1954.

Desde 1953 hasta 1956 no solo la clase obrera, también diferentes capas de la intelectualidad, la juventud y el estudiantado universitario eran un hervidero de inquietudes y se dio el nacimiento de movimientos reivindicativos que derivaron en protestas en varios países del Este europeo. En Polonia la primera muestra de descontento ocurrió en el Quinto Festival de Jóvenes y Estudiantes por la Paz y la Amistad que se celebró en el verano de 1955, donde los jóvenes del partido tuvieron en contacto con jóvenes de base occidentales, algunos con inquietudes revolucionarias. En Hungría en otoño de 1955 un grupo de jóvenes trabajadores del Museo Nacional húngaro decidieron organizar un grupo de debate literario y político que bautizaron con el nombre de Sándor Petófi, el joven poeta de la revolución de 1848 que había luchado por la independencia de Hungría. Así nació el Círculo Petófi, que tendrá un papel importante en la futura revolución. Era un club de debate en el que sus discusiones supuestamente intelectuales se convirtieron en coloquios abiertos sobre la censura, la planificación central y el realismo socialista. En el invierno de 1955, las principales fábricas de Budapest empezaron a enviar con regularidad delegaciones a las reuniones del Círculo Petófi.  Se convirtieron en un extraordinario foro de interacción entre la juventud intelectual y los jóvenes obreros. 

Desde la burocracia nacional de los países ocupados se intentó atemperar el descontento con “nuevos cursos” en la política interna con un cambio de fachada. En 1954 en Hungría el líder del Partido Comunista Erno Gero, fiel a los dictados de Stalin, decidió sustituir al estalinista Rakosi por Imre Nagy, líder de un ala de la burocracia nacional menos estalinista, aunque perteneciente a la misma casta. No hay que llamarse a engaño, Nagy también era un hombre de Moscú, pero, aunque fue el líder principal del ala «reformadora» del PC húngaro, no hay que olvidar que fue un antiguo informante de la NKVD entre los emigrantes húngaros tras la ocupación nazi, y luego ministro de Agricultura entre 1944-45, del Interior entre 1945-46 y presidente de la Asamblea Legislativa entre 1947-49. Fue, por tanto, un miembro sólido de la burocracia. Pero fue el hombre del “nuevo curso” en Hungría e introdujo ciertas reformas que revertían las medidas represivas del ala más dura de la burocracia que encarnaba Rakosi. Solo un año después, en 1955 Imre Nagy fue destituido, volviendo Rákosi al poder, que luego sería sustituido por el mismo Enro Gero.

En 1956 se celebró el XX Congreso del PCUS donde se impulsó una política con la que la burocracia estalinista de la URSS trata de demorar o impedir el empuje revolucionario de los países del Este oprimidos por la URSS estalinizada, así como el de la clase obrera de esos estados. El ímpetu revolucionario era tan grande y de un peligro tal para la burocracia estalinista que Kruschov se vio incluso obligado a hacer una cosmética “denuncia de los crímenes Stalin”. Esta denuncia táctica perseguía preservar los privilegios de la casta burocrática estalinista y para ello era necesario “echar por la borda” al propio Stalin. El estalinismo sin Stalin de Kruschov prometió libertades a las masas de su propio país y a las de los países del Este para mejor pactar él con el imperialismo. Pero el objetivo de calmar a las masas de Europa del Este, no obtendrían ningún resultado pues éstas continuarían los movimientos revolucionarios ya iniciados.

Así que podemos decir que, si la muerte de Stalin supuso una primera ola de protestas con la Huelga insurreccional de Berlín en 1933, el XX Congreso de 1956 marcó el comienzo de la segunda ola, mucho más profunda, en la que la clase obrera aprovechó esa muestra de debilidad del gobierno Kruschov. El nuevo ascenso de la clase obrera de Europa del Este culmina con movimientos insurreccionales en Polonia y con una imponente revolución en Hungría contra la opresión nacional, la explotación social y el totalitarismo político.

En junio de 1956, en Polonia, 100.000 trabajadores hicieron huelga reclamando unas cuotas de producción menos rigurosas y mejoras salariales, pero enseguida empezaron a pedir también “el fin de la dictadura” y “que se marcharan los rusos”. Los trabajadores impusieron el control obrero, subieron los sueldos y bajaron los precios. Los gritos de “Libertad y Pan” y de “rusos fuera” eran unánimes y sólo fueron silenciados por los tanques. El ejército los reprimió con una tremenda brutalidad: unos 400 tanques y 10.000 soldados dispararon a los huelguistas y mataron a decenas de personas. El responsable de la masacre fue el ejército de ocupación de la URSS y eso hizo mella en la conciencia del conjunto de la clase obrera de los países del Este. En el seno del partido comunista polaco, un grupo empezó a exigir la destitución de los oficiales soviéticos responsables. Para mitigar el descontento general el partido comunista polaco decidió hacer un acuerdo en las alturas con el “reformista” Gomulka, de un ala nacional de la burocracia menos estalinista para subirlo al poder. Éste impondría ciertas reformas antirepresivas, pero bajo el control del partido. En Hungría, este movimiento dio esperanzas de que se podía cambiar las cosas. Pero hay que tener en cuenta que Gomulka fue la figura de recambio del régimen para contener la crisis y se empleó a fondo para acabar con la crisis revolucionaria vaciando de contenido a los consejos obreros y poniéndolos bajo el dominio del partido comunista.

En Budapest el 6 de octubre de 1956 tuvo lugar el entierro simbólico de Rajk y sus camaradas, ejecutados en 1949 en un proceso estalinista prefabricado. Este entierro fue exigido por la oposición. Los burócratas estalinistas tuvieron que ceder a la lucha y hacerlo oficial. Estuvieron presenten centenares de miles de asistentes que empezaron a marchar en silencio. Fue una manifestación que ya amenazaba la proximidad de la revolución de unas semanas después.

Una imponente revolución política clásica en Hungría que aterrorizó a la burocracia estalinista

Inspirados por las noticias que llegaban desde Polonia y con la confianza que les había insuflado la gran marcha del entierro de Rajk, nacieron Círculos Petofi por todo el país. Desde el 19 al 22 de octubre hubo grandes niveles de agitación en las universidades de Budapest y de las provincias donde los estudiantes organizaban sus asambleas, rechazaban a los dirigentes estalinistas oficiales y formaban sus nuevas organizaciones estudiantiles eligiendo democráticamente sus dirigentes. 5.000 estudiantes abarrotaron una sala de la Universidad de Tecnología de Budapest el 22 de octubre y celebraron una votación para salir de la Unión de la Juventud Trabajadora (asociación controlada por las Juventudes comunistas a la que estaban obligados a pertenecer todo estudiante) y formar su propia organización. De esa asamblea salió el documento fundamental que recibió el nombre de “los 16 puntos”. Entre otras cosas, pedía que las tropas soviéticas se retiraran de Hungría, que todos los líderes criminales de la era Stalin-Rákosi fueran depuestos inmediatamente, que los trabajadores tuvieran derecho a huelga, que se  fijase un salario mínimo para los trabajadores, que hubiera elecciones libres, que se reexaminasen todos los juicios políticos por tribunales independientes, que hubiera libertad de asociación, de opinión, de expresión y de prensa, que la estatua de Stalin (símbolo de la tiranía estalinista y la opresión política) fuera retirada, etc. Además, expresaron su completa solidaridad con los trabajadores de Polonia. En esa Asamblea se proyectó una manifestación para el 23 de octubre y pidieron al Círculo Petofi que la dirigiera junto a los estudiantes. 

En los últimos años muchos intelectuales y estudiantes habían recurrido a los textos originales del marxismo en busca de inspiración y una guía revolucionaria. Querían recuperar la credibilidad y la buena reputación científica del marxismo. En los colegios, una de las cosas que escapaba a la doctrina estalinista era que se había aprendido que, si un sistema político era malo había que hacer la revolución y que para iniciar una revolución los trabajadores eran quienes debían hacerla, con la ayuda de los intelectuales. Así que, los estudiantes e intelectuales llevaban tiempo creando agitación en fábricas y no iba a ser menos ese mismo día 23 de octubre: por la mañana los piquetes estudiantiles y del Círculo Petofi se dirigieron a las fábricas a repartir propaganda y, además, ocuparon los locales casi desérticos (signo de la descomposición prerrevolucionaria) de la sede central del PC de Budapest. 

Ante estos hechos el Gobierno de Rakosi hace un amago de prohibición de la manifestación proyectada para esa misma tarde que luego tuvieron que retirar. 155.000 manifestantes ocuparon Budapest al grito internacionalista de “¡Hagámoslo a la manera polaca!”, pues, en efecto una manifestación de masas había impuesto a Gomulka, quien había despedido a los delegados del PCUS ruso. Otros gritos fueron los de “Huelga general” y “Fuera los rusos”. Hay que resaltar que los manifestantes llevaban retratos de Lenin y gritaban consignas contra Rákosi y el estalinismo. Por las calles ondeaban banderas húngaras con un agujero en el medio porque los manifestantes revolucionarios habían recortado el escudo con la estrella roja y el martillo cruzado con la rama de trigo, símbolo asociado a la burocracia estalinista de la URSS. Esta acción era un rechazo al estalinismo y a Moscú, no al socialismo. 

La manifestación se desbordó por todo Budapest y se escindió en tres grupos, uno comenzó a desmontar la estatua de Stalin (con la ayuda de obreros soldadores), otro se dirigió al parlamento pidiendo que Imre Nagy tomara la palabra. Éste pidió calma y vuelta a casa e inmediatamente fue abucheado por unos manifestantes que predominantemente eran jóvenes obreros. Y el tercer grupo decidió espontáneamente ir a la radio para exigir la difusión de las reivindicaciones. La emisora de radio estaba custodiada por la AVH, la odiada policía política, que los húngaros todavía llamaban con su antiguo nombre, AVO. La AVH empezó a ametrallar a los pacíficos manifestantes y los muertos se contaron por decenas (desde entonces, la “caza” de “los AVO” pasó a ser una obsesión para los revolucionarios). El gobierno aterrorizado llamó en su ayuda a las tropas soviéticas estacionadas en Hungría que fueron recibidas por focos de lucha armada compuestos por jóvenes obreros y algunos estudiantes acompañados por soldados del ejército húngaro que habían desertado.

La Revolución política húngara había comenzado. Los trabajadores ocuparon las fábricas que organizaron con Consejos obreros. Al día siguiente el PC y la administración del estado desaparecieron y la huelga general es total. Se formaron milicias obreras que se defendieron heroicamente de la agresión de los 6.000 soldados del Ejército Rojo y sus 700 tanques que se unieron a la policía política en su intento por reprimir la insurrección. También hubo deserciones de soldados de los tanques soviéticos que se pasan al lado de la revolución. El día 25, en una manifestación masiva frente al edificio del parlamento, tropas de la URSS y la AVH realizaron un tiroteo a quemarropa con más de 300 muertos. Los Consejos obreros respondieron con un llamamiento a la huelga general. La represión armada no logró imponerse. Algunos burócratas dimitieron, otros huyeron dentro de los tanques. El día 25 de octubre los restos del poder estalinista proclamaron a Imre Nagy jefe del gobierno como medida de cesión y contención, como mal menor. 

Las milicias obreras de los Consejos obreros de las fábricas tomaron una fábrica de armamento y se enviaron al centro de la ciudad camiones cargados de armas en donde miles de trabajadores se las repartieron. La clase obrera había derribado de un plumazo los muros psicológicos y nada podía pararle para tener las armas, como ya había dicho Trotsky veinte años antes: “El proletariado produce las armas, las transporta, construye los arsenales en los que son depositadas, defiende esos arsenales contra sí mismo, sirve en el ejército y crea todo el equipamiento de éste último. No son cerraduras ni muros los que separan las armas del proletariado, sino el hábito de la sumisión, la hipnosis de la dominación de clase, el veneno nacionalista. Bastará con destruir esos muros psicológicos y ningún muro de piedra resistirá. Bastará con que el proletariado quiera tener las armas y las encontrará. La tarea del partido revolucionario es la de despertar en el proletariado esa voluntad y facilitar su realización”. (A dónde va Francia, 1934-36).

Los consejos obreros se reprodujeron por todas las empresas y a los distritos obreros de todo Budapest. Su exigencia era liberarse del control burocrático.  Una parte de la policía y los altos mandos del ejército se unieron también al pueblo. A la mañana siguiente las calles principales estaban en manos de los trabajadores y estudiantes, se formó un Consejo Revolucionario y la Huelga General pronto se extendió por toda Hungría. El pueblo ya no aceptaba los gobernantes estalinistas. Por todo el país, los obreros constituyeron consejos obreros que empezaron a tomar todas las fábricas y a expulsar a sus directores. En lugar de luchar contra los revolucionarios, los soldados que se habían puesto de parte de la revolución empezaron a repartir armas entre las milicias obreras. Uno de los primeros altos mandos en desertar, el coronel Pál Maléter, fue nombrado enseguida el nuevo ministro de Defensa de Nagy.  

Ante la momentánea derrota de la burocracia estalinista se dio la evacuación del Ejército Rojo. Desde el inicio de la Revolución política húngara, el 26 de octubre comenzó una situación de doble poder entre el Gobierno de Imre Nagy y los Consejos Obreros, con los que se da la aparición de un embrión de un estado paralelo. Imre Nagy se vio obligado a recibir a las delegaciones de los consejos obreros y negociar con ellas. Las milicias obreras también enviaron delegaciones para presionar al gobierno Nagy, que tiene que ser remodelado constantemente. Los consejos presionaban para que los elementos más estalinistas tuvieran que ser apartados en cada remodelación de gobierno. De las ruinas del ejército los restos del poder estalinista intentaron formar una Guardia Nacional, se trataba de un intento de reconstrucción del estado. Se va estableciendo una división radical de la sociedad en una clara situación de doble poder: por un lado, estaban los gobernantes y su nuevo ejército y por otro, las milicias armadas y sus consejos obreros y populares. 

Las tropas soviéticas se retiraron. Imre Nagy intentó conseguir que los trabajadores en huelga perpetua volvieran al trabajo, pero chocó con la oposición de los consejos obreros que pusieron como condición la salida de las tropas de todo el país. Pero las tropas que dejaron Budapest se quedaron formando un círculo alrededor de la capital. Al mismo tiempo llegaron noticias de concentración de tropas soviéticas en Rumanía y Checoslovaquia. 

Los tanques de la burocracia estalinista trajeron la contrarrevolución

Ante un PC en ruinas, en los primeros días de noviembre se fundó el Partido socialista de los trabajadores (nuevo PC) con el estalinista Kadar a la cabeza. A estas alturas el gobierno de Imre Nagy estaba paralizado entre las reivindicaciones de los Consejos Obreros y sus milicias y las maniobras del Kremlin y su aparato nacional estalinista que estaba en reconstrucción. Imre Nagy fue un ingrediente transitorio de esta reconstrucción para engañar a las masas. La burocracia no podía seguir con Rakosi y por eso utilizó a Imre Nagy. La presión revolucionaria era tan grande que Imre Nagy tuvo que ceder en algunas cosas a las demandas obreras, por ejemplo, retirando a Hungría del Pacto de Varsovia (acuerdo militar de los países del Este tutelados por la URSS bajo liderazgo de esta, análogo a la OTAN imperialista). Esto fue una conquista obrera, no de Imre Nagy. 

El 4 de noviembre comenzó sin aviso un bombardeo masivo de Budapest por 6.000 tanques (muchos más de los 700 que habían entrado el día 24 de octubre). La Revolución política húngara era muy profunda y no iba a dejarse doblegar fácilmente, así que fue necesaria una invasión de nada menos que 15 divisiones rusas. Las tropas procedían directamente de la URSS, formadas mayoritariamente por kirguises, turcomanos y armenios, que no sabían nada de la situación, a diferencia de los soldados del Ejército rojo estacionados en Hungría, e incluso no entendían la lengua y no podían informarse a través de las octavillas ni desertar como lo habían hecho en la primera incursión del ejército rojo el día 24. Estallaron terribles combates, 30 tanques fueron destruidos por las milicias obreras. La destrucción de edificios llegó a superar la de 1944 al final de la II Guerra mundial. Budapest fue duramente bombardeada y quedó en ruinas.

Hasta el 11 de noviembre siguieron los enfrentamientos armados, los últimos combates se desarrollaron en los barrios obreros. Mientras, el poder estalinista formó en la sombra el “gobierno” Kadar, para mejor favorecer los intereses de la burocracia soviética. Se formó en una ciudad de provincias y unos días más tarde, el día 7 de noviembre se estableció en la capital y se instaló en el parlamento rodeado por los tanques soviéticos. 

El gobierno Nagy perdió el favor del poder estalinista. Ya había cumplido su papel y ya no le necesitaba para contener a las masas obreras. Imre Nagy tuvo que huir y se refugió en la embajada de Yugoslavia. La huelga siguió siendo absoluta, los Consejos obreros no se rindieron. Del 11 al 14 de noviembre se formó el Consejo Obrero Central del Gran Budapest, órgano centralizado de todos los consejos obreros de barrios, fábricas y provincias, y tomó en sus manos con toda naturalidad la dirección del país. Dirigió y centralizó toda la gestión de Hungría. 

A pesar de los tanques siguió la situación de doble poder entre, por un lado, un poder obrero centralizado por el Consejo Obrero Central y por el otro, el Gobierno de Kadar que había tomado el relevo de el de Nagy, custodiado por el Alto mando soviético.

El 23 de noviembre el Consejo central intentó oficializar su carácter nacional con delegados de provincias en una gran reunión pública para hacer un Consejo Obrero Central de toda Hungría. Los obreros estaban llegando demasiado lejos y la burocracia estalinista se veía demasiado amenazada y fue entonces cuando los tanques soviéticos cercaron el edificio y los masacró a sangre y fuego.

Ese mismo día Imre Nagy era secuestrado de la embajada yugoslava por la policía secreta soviética con la complicidad traidora del mariscal Tito, y fue llevado ante la “justicia”, cuya acción desembocaría dos años después en la ejecución de Imre Nagy. 

El mismo Kruschov había hecho una gira diplomática para ganar adhesiones entre los gobiernos estalinistas de todos los países del Este e incuso el Presidente “reformador” polaco Gomulka estuvo de acuerdo en que la «contrarrevolución» en Hungría necesitaba ser reprimida, tan solo se manifestó en desacuerdo con que la represión la debería llevar a cabo la URSS.

El 13 de diciembre Kadar citó en la sede del gobierno a los miembros supervivientes del Consejo Obrero Central para supuestamente negociar, pero allí fueron detenidos. Desde el 13 de diciembre, decapitados los consejos, comienza el final de toda lucha organizada a gran escala. Sin embargo, la huelga general no acaba hasta finales de 1957. Los obreros resisten clandestinamente de forma atomizada hasta que son reprimidos totalmente en el curso de los primeros meses de 1958.

La represión criminal de la burocracia estalinista rusa se saldó con el exilio de 200.000 revolucionarios húngaros, una gran purga en las fuerzas armadas, la atroz ejecución de 2.500 revolucionarios tras juicios-farsa relámpagos y más de 3.000 muertes en combates.

Los revolucionarios no querían volver al capitalismo. El imperialismo estaba de parte del estalinismo

Al contrario de lo que sostienen los estalinistas, los húngaros insurreccionados no luchaban por el capitalismo, no querían volver a 1945, ni se cuestionaban el socialismo. Es más, en la Revolución política Húngara se dio de forma inequívoca una expresión de poder obrero y revolucionario. en el curso de la huelga general, los consejos comenzaron a federarse y establecieron una República de Consejos con los obreros armados en milicias. Consiguieron que el gobierno títere de la burocracia estalinista rusa dejara de existir como consecuencia. 

Los húngaros no querían volver al capitalismo, que estaba encarnado antes de la Segunda Guerra Mundial en Hungría en el régimen militar-fascista del almirante Horthy que gobernó 24 años como regente de Hungría desde que en 1920 derrocó la República Soviética húngara de Bela Kun, la segunda revolución bolchevique en 1919 tras la rusa. Horthy gobernó hasta 1944, se identificó con el partido nazi y acabó metiendo a Hungría en la guerra de parte del Eje colaborando con el nazismo en la exterminación de judíos. O sea, los húngaros estaban escaldados de capitalismo que habían sufrido en la peor de sus formas. Por eso cuando el Ejército Rojo echó a los nazis nadie protestó por la nacionalización de la industria y de la banca ni por la reforma agraria. De lo que se quejaban los húngaros era de que no se había contado con la clase obrera, cuyo liderazgo había sido expropiado a manos de un partido único estalinista tutelado desde el Kremlin imponiendo un régimen totalitario con el esquema estalinista burocrático sin democracia obrera.

En la Revolución política húngara se defendía como pilar la propiedad estatal y la planificación de la economía. En todas las plataformas reivindicativas de los consejos obreros aparecía esa reivindicación. Nadie atacaba las conquistas emanadas de la revolución de octubre de 1917. Lo que sí querían era conquistar la democracia obrera y la independencia del país del yugo de la burocracia estalinista rusa. Como dato interesante, apuntar que con el movimiento revolucionario en alza se dio un renacer de la prensa reivindicativa independiente y aquellos periódicos recién fundados que llevaban propuestas procapitalistas fueron suprimidos por los propios trabajadores de la imprenta.

Por otro lado, hay que desmentir las calumnias del estalinismo respecto al apoyo del imperialismo a la Revolución húngara. El imperialismo estadounidense, como máxima potencia del mundo capitalista, no apoyó nunca la Revolución húngara sino al contrario, apoyó a la casta burocrática estalinista de Kruschov. Quien más temía la movilización de la clase obrera rusa y del Este de Europa era el imperialismo. No les convenía que una revolución política como la húngara acabara convirtiendo a Hungría en un país con una economía planificada controlada democráticamente por la clase obrera y sus órganos de poder. Eso podría ser la muerte de ambos, el capitalismo y su guardián tras el telón de acero, el estalinismo. 

La dictadura de la burocracia estalinista cumplía un doble rol en favor del imperialismo y la contrarrevolución: aplastaba a los obreros y permitía, a la vez, que el imperialismo confundiera a las grandes masas con el cuento de que el socialismo y la siniestra política de la burocracia estalinista son una misma cosa. Por esto el imperialismo jamás estuvo del lado de las revoluciones políticas de los obreros en Hungría en el 56, en Checoslovaquia en el 68 o en Polonia en 1981. Lo único que hizo el imperialismo capitalista frente a la revolución obrera húngara fue utilizarla como propaganda anticomunista, pero no ayudó a la revolución con un solo fusil. 

Pero lo que demuestra sin ningún género ya de dudas que el imperialismo estuvo con Kruschov y contra la revolución húngara es la comparación de Hungría con Corea. Mientras que los EEUU ayudaron en la Guerra de Corea solo unos años antes a Corea del Sur sin ninguna ambivalencia, jamás ayudaron los revolucionarios húngaros para frenar a los tanques de la burocracia estalinista rusa.

Contra la ocultación del carácter obrero y socialista de la revolución húngara: El Consejo Obrero Central del Gran Budapest

Los obreros construyeron consejos obreros locales desde los primeros días de la revolución, desde el 23 de octubre, pero el Consejo Obrero Central no se formó hasta casi 10 días después del 4 de noviembre. Vamos a examinar por qué y cuál fue la evolución de estos órganos de la clase obrera. Pero sobre todo lo que queremos demostrar es la absoluta preponderancia y hegemonía de los Consejos Obreros en la Revolución política Húngara, lo cual muestra el carácter obrero y socialista, y no burgués y proimperialista.

Los consejos locales a finales de octubre ya tenían una estructura en la que los delegados de fábrica formaban consejos obreros distritales y regían toda la vida administrativa, económica y política de toda una región entera, en ese momento solo de forma atomizada. Los consejos sustituyeron la ausencia de cualquier tipo de administración centralizada, que la revolución había hecho casi añicos. Pero incluso en Budapest, donde el gobierno de Imre Nagy estaba establecido, los obreros se organizaron independientemente de la administración y forzaba al gobierno a reconocer muchas de las reivindicaciones de los Consejos obreros, yendo más allá de donde Nagy estaba dispuesto a ir. 

En los barrios obreros de las barriadas, como Újpest y Csepel, los consejos obreros representaban a toda la comunidad y además de erigir sus propios consejos de fábrica, los obreros de Budapest organizaban sus actividades para organizar toda la ciudad. El 31 de octubre de 1956 se aprobó una resolución que estipulaba “los derechos básicos y las funciones de los consejos obreros” entre los que se incluían decidir los niveles salariales, decidir acerca de todos los contratos concernientes a la exportación de bienes, decidir acerca de la conducción de todas las operaciones de crédito, controlar la contratación de trabajadores y designar al director que sería revocable y quien rendirá cuentas ante el consejo obrero. 

No puede haber, pues, ninguna duda de que durante la revolución los obreros mandaban, tanto a nivel de fábrica como de distrito.

El gobierno de Imre Nagy tenía que negociar con los obreros. Por falta de un partido revolucionario los consejos no se plantearon desalojar a Nagy del poder y tomar el poder. Debido a esto los consejos tenían un papel de presión al gobierno de Nagy. Como, por la fuerza de los consejos Nagy tenía que ceder y realizaba lo que querían estos en muchas ocasiones, cualquier observador externo superficial podría creer que el Gobierno Nagy expresaba en gran medida la voluntad del pueblo. Es necesario apuntar que muchas medidas de Nagy eran cesiones, no realizadas por voluntad propia. Precisamente por eso la formación de un consejo obrero centralizado se vio retrasada. 

Esa fue también la causa de que los consejos obreros locales habían decidido volver al trabajo para el 5 de noviembre, a más tardar. Pero con el retorno de los tanques rusos el 4 de noviembre los consejos modificaron esa decisión y prosiguieron la huelga general indefinida. 

El instrumento obrero de la huelga general insurreccional a partir del 4 de noviembre estuvo en conjunción y consonancia con lucha armada dirigida por las milicias dependientes de los órganos de poder obrero que eran los Consejos obreros.

Fueron los obreros los que organizaron la resistencia armada con sus milicias obreras, no fue el gobierno Imre Nagy. A pesar de los 60.000 tanques de la burocracia estalinista rusa y de las 15 divisiones rusas, las milicias obreras fueron capaz de resistir hasta el 12 de noviembre, sobre todo en los distritos obreros.

Otros datos para demostrar el carácter obrero de esta revolución fueron las estadísticas oficiales. Por ejemplo, el daño en los edificios durante el combate, fue muy superior en los distritos obreros mientras que las áreas residenciales de los distritos más ricos quedaron casi intactas. Las muertes durante los combates armados predominaron en los distritos obreros de Budapest. Según las cifras aportadas por los hospitales, entre el 80% de los heridos eran jóvenes obreros, mientras que los estudiantes no representaban más que del 5%.

Como hemos dicho más arriba, tras el 4 noviembre la maniobra de la burocracia estalinista rusa fue nombrar el gobierno de Kádár, que no podía establecer plenamente su poder porque tenía un poderoso enemigo oficial: la huelga obrera de los Consejos que exigían la retirada de las tropas rusas. Kádár, igual que Imre Nagy, también se vio obligado a ceder a algunas a algunas reivindicaciones obreras. Kadar declaró comprometerse a tres de las reivindicaciones obreras: “Sobre la base de la más amplia democracia, se debe llevar a cabo la gestión obrera en todas las fábricas y los conglomerados”, “se garantizarán elecciones democráticas en todos los cuerpos administrativos existentes y en los consejos revolucionarios” y “creación de guardias armadas en las fábricas”.

No obstante, la primera lucha para el gobierno Kadar era intentar restringir las actividades de los consejos a problemas puramente económicos, y así mantenerlos por fuera del ámbito político. 

Para el 12 de noviembre las reivindicaciones de los consejos habían avanzado en un sentido socialista. Incluían: la propiedad colectiva de los medios de producción (las fábricas estarían solo en manos de los consejos obreros); la ampliación de los poderes de los consejos en los campos económico, social y cultural; la organización de una fuerza policial al estilo de una milicia, sometida al control de los consejos; los obreros deberían portar armas; en el plano político exigían la creación de un sistema plural de partidos que pudieran concurrir a elecciones, pero tendría que comprometerse a  defender las conquistas socialistas del Estado Obrero; la evacuación sistemática de las tropas rusas y la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia… 

La clase obrera estaba en proceso de organizarse en una escala más amplia que trascendía los límites de cada fábrica y cada barriada por separado.  El Consejo Obrero Central empezó a cobrar vida rápidamente. El 12 de noviembre fue la decisión de poner en pie un Consejo Obrero Central. El Consejo Obrero Revolucionario de Újpest convocó a los delegados de las fábricas de Budapest para que enviara sus delegados de consejo a la Municipalidad de Újpest el día 13 de noviembre con el fin de formar el Consejo Obrero Central del Gran Budapest Budapest. El 14 de noviembre nació definitivamente. A todas las reivindicaciones ya conquistadas antes el 12 de noviembre había que añadir otras que constituían un verdadero programa revolucionario: Se manifestaron en contra de que miembros de los antiguos servicios de seguridad del Estado (la AVH, antes AVO) hayan sido incluidos en las nuevas fuerzas de seguridad. Aprobaron que los hombres que componen estas nuevas fuerzas de seguridad deben ser reclutados entre las filas de los jóvenes revolucionarios y entre aquellos miembros de la policía y el ejército que han permanecido fieles al pueblo y a los obreros fabriles; exigieron la liberación inmediata e incondicional de todos los luchadores por la libertad:  exigieron la abolición del sistema de partido único y el reconocimiento sólo de aquellos partidos que se basen en principios socialistas; el consejo no reconocía al gobierno de Kádár…

Y, para acallar definitivamente a los que acusan a estos revolucionarios de procapitalistas y proimperilistas habría que esculpir en oro lo que literalmente se decía en la declaración final sobre la propiedad y la pluralidad de partidos:

“las fábricas no deben transformarse en propiedad capitalista, sino en propiedad verdaderamente colectiva” y “Exigimos un sistema multipartidario: los obreros queremos solamente disponer de aquellos partidos que reconozcan los logros socialistas, y que estén basados en principios socialistas”. 

Algunos de delegados de la Asamblea del 14 de noviembre plantearon la idea de que había que poner en pie un Consejo centralizado nacional, para representar a todos los obreros a lo largo y a lo ancho del país; algunos delegados objetaron que no tenían ningún mandato de formar algo más grande que un Consejo Obrero Central del Gran Budapest, y que, además, dada la ausencia de tantos delegados provinciales no se podía tomar una decisión semejante. 

Esto es importante porque muestra que la cuestión de formar un Consejo Nacional no era abordada simplemente desde el punto de vista de la viabilidad política, sino, lo que es más importante aún, desde un espíritu esencialmente democrático. Para los obreros húngaros y para sus delegados lo más importante sobre los consejos era precisamente su naturaleza de democracia obrera.

El proceso de creación de un consejo obrero central de toda Hungría se vio truncado por la violencia final de la burocracia estalinista. No dio tiempo a ver si en un futuro el Consejo Obrero central del Gran Budapest se ampliaría a todo el estado y si los obreros se decidirían a formar su propio partido revolucionario destinado a tomar el poder. Los consejos obreros no pueden ser organizaciones políticas completamente conscientes encaminadas a la toma del poder sin que existan partidos políticos.

Faltó el partido revolucionario para tomar el poder y acabar con la situación de doble poder

Otro punto a rebatir es el argumento de algunos centristas, incluidos algunas corrientes de renegados del trotskismo, de que la figura de Imre Nagy encarnaba las demandas de la población insurreccionada húngara. Imre Nagy, al igual que Gomulka en Polonia, supuso una salida para la burocracia estalinista títere de la URSS de Stalin contra los Comités y los Consejos Obreros dentro de la revolución nacional. El papel de Imre Nagy fue el de contención de las masas. En Hungría hubo una situación de doble poder, característica general de todo país sacudido por un proceso revolucionario. Bajo el gobierno de Imre Nagy, igual que en Polonia con Gomulka, se daba esta situación en la que existen, de hecho, dos gobiernos: por un lado, el poder oficial, por el otro el de los obreros y las masas. En Hungría los Consejos Obreros, y en Polonia los Comités de fábrica, eran los que absolutamente mandaban a nivel local. Frente a ellos estaban los gobiernos de Nagy y Gomulka que se mantenían en pie gracias a la falta de un partido revolucionario que tomara el poder y a la carencia de centralización del poder obrero y popular. Los gobiernos oficiales de Nagy y Gomulka, manejados por los sectores nacionalistas de la burocracia, eran la correa de la burocracia más prorrusa. La burocracia estalinista había recurrido a Imre Nagy como «cesión» e intento de parar a las masas porque Rakosi, de la línea estalinista dura, no podía resistir.

Ante la brutal presión de la revolución de los consejos obreros y el peligro de que desbordara al propio Gobierno Nagy, la burocracia se sintió obligada a entrar a sangre y fuego para aplastar atrozmente a la revolución obrera. El Ejército soviético relevó a Nagy (poniendo en su lugar a Kadar) y aplastó la revolución obrera con el acuerdo tácito del imperialismo.

La razón absolutamente primordial por la que en Hungría no se impuso el poder obrero, fue la falta de un partido revolucionario, como ya apuntaba Trotsky antes de morir. La carencia de una dirección revolucionaria restó centralización y objetivos precisos al movimiento revolucionario. Esta carencia de la revolución obrera facilitó la subsistencia de los gobiernos de Nagy. Con la existencia de un partido revolucionario, este hubiera tomado el poder despojando a Imre Nagy y garantizando para siempre que no volviese otro gobierno de línea dura estalinista burocrática como el de Rakosi, y jamás hubiera podido acceder al poder un gobierno como el de Kadar. 

La ausencia de una dirección revolucionaria, en la forma de un partido revolucionario marxista de la clase obrera, permitió a los líderes conciliadores asumir el frente de esta revolución política y echar a perder su poder. Desviaron la acción de los Consejos obreros hacia las negociaciones (de mera presión a los gobiernos de Nagy, primero, y después de Kadar) y con vacilaciones que desviaron a los obreros hacia la perspectiva de la toma del poder y dieron tiempo a la burocracia estalinista para recuperar el poder. La dirección de la revolución tuvo una orientación gradualista y no aspiró a poner en pie un poder político propio de los consejos obreros. 

El análisis de Trotsky sobre el PCUS y su definición como el partido de la casta burocrática que se elevó por encima de la clase obrera, se reveló también en los países de la Europa del Este. Y todavía se vio más claro, como, al desarrollarse la dualidad de poderes, los partidos comunistas fueron la base del poder de la burocracia, en sus diferentes formas, el polo político opuesto al poder obrero que encarnaban los obreros, sus consejos y sus milicias obreras. 

Según iba madurando las condiciones en el proceso de estas revoluciones políticas, se fueron dando ya todas las condiciones para la formación de un partido revolucionario con el programa de la revolución política contra la burocracia estalinista y su partido, el partido comunista.

La revolución política húngara confirma el pronóstico de Trotsky y el programa del trotskismo elaborado por la IV Internacional para la URSS y para toda la zona dominada por la burocracia estalinista y gira alrededor de dos pilares: revolución política y derecho a la autodeterminación de las naciones que son dominadas por la URSS. Además, hay otro punto que el Pablismo-mandelismo ex-trotskista siempre se negó a reconocer: el papel contrarrevolucionario del Ejército rojo que entró a masacrar la revolución de los obreros. Por lo tanto, toda política revolucionaria debía estar centrada también en la consigna de retirada del Ejército Rojo cuyo rol fue contrarrevolucionario, alejado ya de sus heroicos años desde su creación por León Trotsky.

En aquella época el Pablismo, la corriente revisionista proestalinista de los renegados del trotskismo, encabezada por Michel Pablo, que luego formarían el Secretariado Unificado tras una reunificación, creyeron que el estalinismo dejaba de ser contrarrevolucionario en aquella época de posguerra porque estaba en ciernes una Tercera Guerra Mundial y el bloque estalinista era progresivo y debía tener el apoyo de los “revolucionarios”. Por aquella época Pablo promulgo, incluso, el “entrismo sui generis” por el que sus seguidores ex-trotskistas entraron a los partidos estalinistas. Es por ello por lo que suponían un error que los trotskistas principistas apoyaran revoluciones políticas como la húngara porque “podían hacer el juego al imperialismo”. El pronóstico de los pablistas renegados del trotskismo falló en una deriva de degeneración muy profunda.

El que acertó fue Trotsky antes de morir con su pronóstico alternativo que la IV Internacional había hecho en el umbral de la Segunda guerra Mundial, cuando decía, en el “Manifiesto de la guerra de 1940” que “Si el régimen burgués sale indemne de la guerra, todos los partidos revolucionarios sufrirán un proceso de degeneración. Si triunfa la revolución proletaria, desaparecerán las causas que la producen”.

Tras la Segunda Guerra Mundial, durante el período de Yalta, el Pablismo revisionista y liquidacionista se adoptó al estalinismo y a su pacto de contención de la revolución con el imperialismo y llevó a la IV Internacional al estallido y a su transformación de partido mundial en movimiento de tendencias. A causa de que estos renegados del trotskismo, con Michel Pablo a la cabeza, metieron a sus seguidores en el estalinismo, la IV internacional como partido mundial no se hizo de masas en la posguerra y no pudo estar presente en los procesos de Revolución política en las cuatro siguientes décadas desde la guerra. Para toda esta época Trotsky también tuvo un acertado pronóstico alternativo: “o una revolución política derribaba a la burocracia o la burocracia restauraría el capitalismo”.

Una IV Internacional de masas hubiera sido determinante en los procesos de revolución política, porque como también dijo Trotsky: “La IV Internacional es la única organización que previó correctamente el curso general de los acontecimientos mundiales, que pronosticó que una nueva catástrofe imperialista era inevitable, que denunció los fraudes pacifistas de los demócratas burgueses y los aventureros pequeñoburgueses de la escuela estalinista, que luchó contra la política de colaboración de clases conocida como “frente popular”, que cuestionó el rol traidor de la Comintern y los anarquistas en España, que criticó irreconciliablemente las ilusiones centristas del POUM, que continuó fortaleciendo incesantemente a sus cuadros en el espíritu de la lucha de clases revolucionaria. Nuestra política en la guerra es sólo la continuación concentrada de nuestra política en la paz”. (“Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial”, 1940). 

La revolución húngara era el futuro, no tuvo el más mínimo indicio de querer volver atrás, hacia el régimen de los terratenientes y el capitalismo. La base de la revolución política húngara fue el pueblo cuya espina dorsal y dirección fue la clase obrera, organizada en los Consejos obreros revolucionarios. La Revolución Húngara demostró el enorme potencial revolucionario de la clase trabajadora en su lucha contra el estalinismo y por un verdadero socialismo internacionalista basado en el autogobierno del proletariado.

La Revolución húngara fue la revolución política clásica que predijo Trotsky y es un honor de todo revolucionario internacionalista ser fiel defensor de estos obreros que lucharon por un verdadero socialismo y contra la casta burocrática estalinista que les oprimía. 

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